«Negro deslutado», Crónicas del Acojeja, ed. Esféricas (2016)


Negro deslutado

A Adelina le costó identificar el pueblo en aquel grupito de casas que se encontró al bajarse de la guagua con su diploma de Maestra recién emitido. Pero luego fue comprobando que no le faltaba ningún ingrediente: rodeaba la iglesia con su plaza para las verbenas del verano, daba clientela a la venta y al bar, donde le dijeron que preguntara por las llaves de su casa, y aunque pareciera difícil, también le daría trabajo a ella misma en la escuela, que ese fue su primer pensamiento, que para educar a qué niños la habían mandado hasta allí. Más difícil le pareció después que también diera clientela a la casa del final del camino, la que encendía farolillos rojos por la noche e incendiaba por el día las conciencias que se liberaban en la venta de Olga. Pero eso fue más adelante. De eso hacía ya más de treinta años.

Llegó para quedarse un curso y se quedó el curso de toda su vida. Se instaló en la casa del maestro, encima de la escuela unitaria en la que educó a las generaciones que le tocaron por turno, todos juntos y sucesivos, siempre con la misma libreta de ejercicios prediseñada durante su formación y que nunca sintió la necesidad de renovar. Llegó para no quedarse y luego no pudo o no supo marcharse. Nunca nadie la visitó, nunca se la vio visitar a nadie fuera del pueblo, nunca se marchó en vacaciones. Nunca se apartó de la Señorita Adelina, su seña de identidad. La prejubilaron desde el Ministerio al cerrar su escuela para que los niños nuevos fueran a estrenar el colegio grande de otro pueblo. Ni siquiera pareció importarle. Tampoco con esas se marchó, y los del Ministerio debieron de olvidarse de que la casa del maestro seguía teniendo inquilina, porque ya no la necesitaban para otros huéspedes. 

La verdad es que daba la impresión de que nada le importara mucho y el pueblo también dejó de prestarle atención, se hizo casi invisible de pura discreción. Discreta con su pelo malva de toda la vida, porque era el color que siempre le sobraba a Olga y se lo vendía más barato. Discreta con su ropa oscura, pero no negra, que era el color del luto y ella no tenía para quién ponérsela, sería un sacrilegio vestir de negro sin muerto. Siempre con una rebeca, aunque el verano de las medianías es terco, por si se le ofrecía pasar por la iglesia, que el respeto no entiende del tiempo. Tan discreta que no pasaba por los decires de la venta de Olga, que era lo mismo que perder consistencia terrenal. A ella tampoco le importaba eso.

La vida de la maestra no tenía secretos, por eso era de lo poco que se movía en el pueblo sin merecer la disección de la venta de Olga o del bar de Facundo. No tenía interés. Del bar Acojeja se decía que había fundado el pueblo haciendo de parada de camioneros en la carretera general del sur. Decían que luego vino todo los demás, desde la venta de Olga, hasta la casa de los farolillos, la última instalación fundacional, por así decir. El bar como órgano de gobierno local: allí se tomaban las grandes decisiones, y también las pequeñas, tan vinculantes como las palabras de Rosendo y Toribio, fiel clientela de las botellas de Facundo.

Adelina se estableció en el pueblo por mandato del Ministerio, pero luego ese mandato lo hizo suyo y ya no se marchó. Y no se marchó porque no quiso, porque lo que quiso fue quedarse, por interés. Porque lo único que consiguió que le importara en la vida estaba allí, aunque no lo pareciera. 

Aunque no pareciera que la Señorita Adelina tuviera intereses, los tenía, quién no los tiene, pero siempre los contuvo bien escondidos. Los propios intereses también propiciaban la discreción, por interés.

La devoción de la maestra no llamó la atención, pensaban que la Señorita había nacido para eso, para permanecer señorita, así que un compromiso divino resultaba de lo más conveniente para mantener el estado civil impoluto. Pero las fantasías de Adelina no incluían tanta pureza para su estado.

De hecho la devoción de Adelina no le venía de muy atrás, lo que pasa es que la gente olvida con facilidad, o solo recuerda con parcialidad, porque cuando la maestra llegó al pueblo sus visitas a la iglesia se reducían al domingo, porque tampoco había otra cosa mejor que hacer. Y también porque estaría mal visto que una señorita no tuviera a un San Antonio al que pedirle futuro, estuviera o no en aquellos altares.

Por eso fue en domingo cuando Adelina vio a Sebastián por primera vez, el joven párroco recién llegado para sustituir al antiguo padre Ramallo, que un mal aire en la cabeza lo dejó sin palabras para más homilías. Joven, moreno, el fleco al viento, vestido como los hombres, y no con la sotana abotonada de don Ramallo, discreto, eso sí, de gris, eso también, con alzacuellos, desde luego, pero sin negruras luctuosas. Y a Adelina le dio por soñar con botones que se saltaban salvajes de sus ojales negros para descubrir torsos vigorosos, también negros que la despertaban sin lutos, sino mojada toda en sudores contenidos. Y empezó a visitar la parroquia con más asiduidad hasta hacerlo a diario: para poner flores, para cambiarles el agua, para limpiar el altar, para barrer la sacristía, para almidonar las vestimentas sacerdotales, para…

Para encontrarse con don Chano, tan amable él, tan atento, gracias, Adelina, qué buena es usted, y ella que la tratara de tú, y don Chano distante, tan agradable, pero lejos. Ella insistía, repetía, él más distante y ella más entregada a los quehaceres litúrgicos cual monaguillo en Semana Santa.

Así durante muchas semanas, meses, años. Acabó aceptando este estado de las cosas, el compromiso de don Chano con Dios era inquebrantable, qué gran hombre, su integridad la enamoraba más, qué buen padre sería… era. Pero sus sueños seguían haciéndola sudar, y sus sermones, temblar, y sus manos seguras le turbaban el entendimiento y le trababan las palabras imaginándoles el tacto.

Y qué bueno era con los niños, en la catequesis, con los monaguillos, hasta le daba celos verlo encariñarse con ellos, no sabía si de él o de que los chicos lo quisieran más que a ella en la escuela. Pero es que se dejaba querer por todos. Bueno, por todos menos por ella misma, Adelina era consciente de las barreras que don Sebastián se obstinaba en construir frente a ella, a veces le parecía que ganaba terreno para de nuevo enfrentarse a otra pared inaccesible. 

Pero Adrián, el hijo de Facundo y de la pobre Marina, que se murió ahogada, ya no era un niño, sino todo un apuesto jovencito que hacía las delicias de don Chano, y don Chano las de Adrián, y echaban las tardes juntos hablando de esto y de lo otro, y fumando de aquello que olía tan raro que daba mareos, pero mareos ricos. Adelina empezó sintiendo celos, como de todo el que se acercaba a su santificado varón, pero luego le empezó a extrañar tanta complicidad, la que ya querría compartir ella misma. Y no imaginó el alcance de sus sospechas porque no quiso verlas, no quiso verlas hasta que se tropezó con ellas.

Se las tropezó en una siesta de verano, en el calor de un sábado después de comer. Había ido a la iglesia por la mañana y dejó todo dispuesto para la misa del domingo, por eso no tendría que haber vuelto a revisar su trabajo con la excusa de sus manías perfeccionistas. En realidad sus revisiones eran frecuentes, tanto que acabó dando con la pieza que le faltaba a sus recelos.

Adelina entró con su llave como una gata sigilosa a la caza del ratón esquivo. La iglesia estaba fresca, con sus techos altos y la penumbra de sus cristaleras tintadas de colores, silenciosa, solitaria a esas horas en que la cerraban por el calor. Podría notar que una mota de polvo se había introducido en el templo después de su última inspección, de tan a su mano que tenía cada cosa, por eso no le costó fijarse en que la cortina de terciopelo rojo que cubría el confesionario estaba echada como cuando el padre recibía a sus feligreses para confesar, pero no eran horas. Se quedó inmóvil con el oído atento a los ruidos que primero adivinó y después escuchó que provenían claros desde detrás de la cortina. Se acercó a escrutar los jadeos entrecortados con el crujir de las maderas, palabras sofocadas que no quería entender, voces conocidas susurrándose fuerte más, más fuerte, más adentro, dame más de esa gorda… Y ya solo le quedó decidir quién le estaba dando la vara a quién.

Se arrodilló en el confesionario:

–     Buenas tardes, padre.

–     Ave María Purísima.

–     Sin pecado concebida.

–     Padre, ¿usted cree que los sueños se cumplen?

–     ¿Por qué dices eso, hija? ¿Tú quieres que se cumplan?

–     Es que tengo sueños repetidos desde hace tiempo.

–     ¿Sueños repetidos? ¿Y por qué quieres confesarlos? Eso no es pecado –trató de disuadirla para no faltar a sus votos de discreción sin confesarse.

–     Lo que se repite sí, padre –Adelina insistió por provocarlo, la confesión no es cosa de tres.

–     ¿Qué se repite, hija mía? ­–El padre Chano aparentaba no perturbarse.

–     Sueño con botones negros que se desabrochan a lo bruto, muchos botones negros que saltan de los ojales. Después aparece un cuerpo de hombre sudoroso, fuerte, que me persigue por toda la iglesia hasta arrinconarme, a veces es en un banco, otras en el reclinatorio suyo, algunas incluso en medio del altar, debajo de la mismísima Virgen, padre. Quiero confesarme a ver si termina.

–     Bueno, hija, los sueños no podemos controlarlos, por eso no se puede decir que sean pecados de pensamiento, palabra, obra u omisión.

–     Es que anoche ya fue mucho, padre, anoche le vi la cara al hombre –Adelina cortó la frase con un silencio inquietante.

–     ¿Y lo conoces, Adelina? –Ahora el cura carraspeó nervioso.

–     Sí, padre, claro que lo conozco –silencio–.  Por eso quiero confesarme, a ver si termina. Leí en un libro que en los sueños se cumplen los deseos y yo quiero que este se cumpla, que termine de una vez, que el hombre consume su amenaza dentro de mi cuerpo, que siempre me despierto antes de tiempo, y eso seguro que me pasa porque es pecado. Por eso pienso que si me confieso el deseo se va a cumplir también cuando me despierte.

–     ¿Quién es el hombre, Adelina? –Preguntó el padre Sebastián ya sin ambages.

–     Adrián, el hijo de Facundo el del bar. Lo conoce usted, ¿verdad, padre? 

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