Crónicas del Acojeja, ed. Esféricas (2016)

Apasionada Adelina

En el pueblo no se conocían secretos de la vida de la maestra, tan discreta siempre que los vecinos no reparaban en ella. De su casa a la escuela o a la iglesia y vuelta, con alguna visita a la venta de Olga, a la que ni siquiera acudía todos los días para no tener que escuchar conversaciones de vidas ajenas entre gentes sin asuntos propios sobre los que conversar. Al pueblo no le interesaba la vida de la maestra y a la maestra no le interesaban las vidas de los demás, ella bastante tenía con sus asuntos.

Bastante tenía con tratar de apaciguar sus nervios, que ni don Apriano había dado con el remedio, y a pesar de que se tomaba todas las tisanas que le recetaba, seguía con los despertares sobresaltados nadando entre sudores mixtos. Aunque al médico nunca le contó lo que soñaba porque creía que las cuestiones del alma se lavan en otras aguas. Claro que ella ahora se había quedado sin confesor con quien purificarse. Por eso se pasaba las noches con el alma en pena, soñando entre duermevelas agitadas con la sotana de don Chano hecha girones colgada del Santísimo, con los ojos negros que leía lascivos en el rostro perfecto de Adrián, con la Virgen reclinada sin vestiduras susurrándole a los cortinajes granate del confesionario, desde el que parpadeaban luces rojas intermitentes convocando lujurias prohibidas en lugar sagrado. 

Así se despertaba una y otra vez. Con esas imágenes nocturnas deambulaba de día hasta la escuela, a la iglesia ya no, por temor a llevarse más imágenes que añadir a sus desvelos. En la escuela le pasaba su libreta prediseñada de ejercicios a una de sus alumnas aventajadas para que se encargara de las correcciones y ella mientras dedicaba las horas a vegetar con la mirada clavada en el paisaje que alcanzaba a ver a través de la ventana. Luego vuelta a casa para continuar con las alucinaciones, porque debió de ser eso, una alucinación lo que adivinó aquel día oculto tras las cortinas del confesionario, no podía ser otra cosa. Aunque sabía de sobra que no, que lo que escuchó parece que ya otros lo escucharon antes. Parece que era solo ella la que no había querido atender los cuchicheos de los vecinos en la venta de Olga, en realidad hacía ya tiempo que la gente murmuraba lo que Adelina hacía oídos sordos.

–Pobre Marina, debe de estar revolviéndose en la tumba viendo a su hijo Adrián perdido entre sotanas.

–Desde luego, la pobre, esto no pasaría si siguiera viva, pero claro, para eso don Apriano habría tenido que atenderla y se quedó pasmado sin hacer nada, que todo el mundo se acuerda aunque hayan pasado los años. Y pobre Facundo, dicen que por eso se ha aficionado a la Efigenia, para purgar sus culpas por la poca hombría del hijo.

–Sí, pobre de él también, pero no te olvides que los que pierden son los que se mueren, que ya ves que los vivos, mejor o peor, siguen viviendo.

–Es verdad, y cada cual a lo suyo. ¿Te pongo más tomates?

–No, así está bien, Olga.

Pero Adelina no quiso escucharlo, no quiso hasta que se tropezó ella misma con lo que tanto temía. Y desde entonces dejó de ocuparse de sus rutinas, de limpiar el agua a los jarrones de la iglesia, de cambiarse los colores de la ropa y hasta de peinarse los días de peores noches. Dejó de visitar la venta de Olga con la misma frecuencia de antes, ahora solo iba cuando no le quedaba más remedio o se moría de hambre. Porque esa es otra, adelgazó tanto que la ropa le colgaba como prestada. Pero así y todo, nadie reparó en estos cambios, de tan invisible casi había desaparecido del pueblo, acatando la máxima de que de lo que no se habla no existe. Y hubiera sido fácil darse cuenta, porque dejó de teñirse el pelo de malva, lo que solo podía deberse a la profunda tristeza de su corazón enlutado.

Pero quién iba a pensar que la señorita Adelina tuviera corazón, si parecía ajena a los asuntos mundanos, tan alejada de las pasiones de los hombres que se diría que no tenía sexo, ni uno ni otro. 

Pero ella sí tenía corazón, y se preocupaba de los demás, y empezó a pensar en el pobre Facundo, enredado con la arpía esa de la Efigenia para desahogarse, y empezó a sentir la muerte de la pobre Marina como nunca antes –esto no pasaría si siguiera viva–, y dejó de visitar a don Apriano que no la supo ayudar y que parecía que tampoco sabía ayudarla a ella. Y decidió vigilar los movimientos de Facundo, por si podía hacer algo por él. Y pensó que sí podía y se puso a ello.

Facundo visitaba a Efigenia todos los jueves, Adelina no llegó a descubrir por qué siempre ese día, pero era lo de menos. Los jueves cerraba el Acojeja más temprano, se bañaba –ella pensaba que solo los jueves, pero también era lo de menos–, se perfumaba con colonia de la de a litro de Olga –Adelina lo comprobó en la venta–, se ponía la camisa blanca planchada –regular, pobre Marina, si la viera– y salía con sigilo por la puerta de atrás de la casa hacia el camino disimulado entre todos los clientes del farolillo rojo, justo cuando la oscuridad se aliaba para guardar las apariencias, que él era un hombre viudo y tenía sus necesidades.

Adelina lo seguía con cautela cada jueves hasta la casa de Efigenia, tampoco sabía bien por qué, pero no le importaba, había encontrado una ocupación con la que distraer sus pesadillas. Abandonaba la escena cuando ella lo recibía en la puerta. Al principio era solo eso, casi un entretenimiento, lo dejaba en las manos de Efigenia como si se tratara de un relevo en los cuidados. Pero poco a poco empezó a vislumbrar la humanidad en el rostro atormentado de Facundo, el pobre Facundo, tan solo que tenía que mal plancharse las camisas para irse de putas, bañado en agua de colonia a granel, sin nadie a quien rendirle cuentas que ni tenía que ocultar sus visitas a la casa roja. Pobre hombre, huérfano de todos, conmovida por su propia soledad.

Un día decidió quedarse cuando Efigenia cerró la puerta. El visillo de la ventana de la habitación se trasparentaba a posta para mostrar su mercancía a otros clientes. La que no se anuncia no se vende. En la oscuridad, Adelina contempló la escena luminosa como en un escaparate. Se ve que no le gustaba trabajar en tinieblas, bastante siniestro era ya usurpar amores ajenos, aunque fuera a ratos. Y eso es lo que pensó Adelina, quizá identificada con la pobre Marina muerta, sintió que le estaban usurpando una vez más su lugar, que sin Marina viva, el puesto de Facundo era más de ella que de la puta Efigenia. La escena le hizo tomar aún otra decisión, que ella también tenía sexo, de mujer.

Esperó a que Facundo se marchara para colarse por la puerta del patio, Efigenia era de puertas abiertas. La encontró llorando sobre una hoja de periódico, tendida sobre el lecho todavía revuelto del trabajo con Facundo. Estaba pálida como la cama, los ojos rodeados de negro del rímel corrido sobre las ojeras, la mirada parecía andarle ya a la búsqueda de otros mundos. No se fijó en la sangre que le brotaba con los latidos del pecho hasta que Efigenia levantó la cara para mirarla de frente, sujetaba con la mano derecha el cuchillo todavía clavado en el lado del corazón. La miró sin sorprenderse, como si le agradeciera la visita, o como si la estuviera esperando. La sorprendida fue Adelina al comprobar que no pertenecía a aquella historia, que nada había ido a hacer en esa casa.

–Hasta romperse el pecho es difícil a solas, Adelina –comentó Efigenia en un susurro apagado, sin inquietarse por lo que estaría haciendo la maestra en su cuarto, iniciado ya el camino a una dimensión sin existencia.

–¿Lo has hecho por Facundo?

–¿Facundo? Facundo es un cliente, es trabajo.

–¿Por quién, entonces?

–Por mí –y escondió en la mano izquierda su intimidad publicada en el periódico.

–¿A quién pretendes matar abriéndote el pecho?

–Supongo que al que se instaló hace mucho y ya nunca se quiso marchar, quizá porque yo nunca dejé que lo hiciera –confesó Efigenia sin confesarse–. Adelina, ya sé que tú y yo nunca hemos sido amigas, las putas no tenemos amigas, pero tampoco enemigas, no hemos compartido hombre por el que competir, por eso no creo que me niegues tu ayuda por una sola vez.

–¿Quieres que llame al médico?

–No, quiero que me ayudes a terminar con esto, que ya no me quedan fuerzas para acabar conmigo y no lo soporto más –parecía que ya no le quedara mucho por soportar.

–Será muy doloroso –se conmovió Adelina.

–Menos que antes, te lo aseguro.

Adelina comprendió que las soledades tienen muchas aristas. La ayudó a atravesar esta última soledad según sus deseos: cortó lo que le quedaba a su corazón conectado con la vida. Total, lo tenía ya tan roto de antes que el cuchillo vino a hacer un acto de caridad, no tendría ni que confesarse. Además, ya no tenía con quién hacerlo, así que determinó que rendiría cuentas en su momento directamente a Dios, que también tenía cuentas pendientes con ella. 

Después de contemplar el corazón roto de Efigenia, Adelina pensó que no era muy diferente al suyo, que no era bueno que un solo hombre lo significara todo, que era mejor buscar significaciones diversas. Significaciones de mujer.

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