21 diciembre 2024

Presentación de Tranquilo en las montañas de Rusia, de Claudio Colina Pontes

Bonita tarde la de ayer compartiendo casicienes en las montañas de Rusia con tantos amigos, que no son tan tranquilas, como quedó patente en las palabras de Claudio, son montañas con mucho ambiente. Claudio, tentado desde chico por investigar el otro lado del Telón de Acero, como se le pasó el arroz para esta investigación, lo coloca de su puño y letra en espacios satelitales plagados de meteoritos, cosmonautas y platillos volantes modelos años setenta, lo que corresponde para no incurrir en anacronismos, que él es muy normativo. Lo que no está reñido con su afición por forzar las palabras: de hecho, le he propuesto a la Fundéu (meteorito) dinosauriodefinitivo como palabra del año 2025, a ver si hay suerte, y como segunda opción, solteramente, aunque a esta le tengo menos fe porque ya sabemos que los de la RAE son poco de mente. Que por cierto, hablando de meteoritos, quedó establecido que hoy, día 21 de diciembre, se fijaba como la Fiesta Nacional del Meteorito, a ver si el año que viene lo hacen festivo para celebrarlo como Dios o, incorruptamente, la Siervi, que todavía Claudio no tiene claro a quién va a dirigir sus oraciones, mandan. Y es que Claudio pretende conjurar para que el meteorito se desintegre en palabras-navaja-suiza que repartan sabiduría por todo el mundo como único camino para derrotar la auténtica amenaza para la humanidad: la ignorancia.

En definitiva, deliciosos microrrelatos que les invito a leer despacio para saborearlos en su justa dimensión. Si les pasa como a mí, que alguno no lo entienden bien, léanlo otra vez más despacio todavía, porque esos son los que tienen más chicha. Justo esos son los que, como soy de natural letraenvidiosa (Claudio, permíteme el plagio), me dieron ganas de gritar: ¡Jo...!, no puedo con él.

Muchas gracias a todos los asistentes, a la Asociación Blanco y Negro de El Toscal por cedernos sus instalaciones para la presentación y a Claudio por proponerme un nuevo enredo entre sus letras.

Un abrazo a todos y feliz Navidad.


Bibliografía de Claudio Colina Pontes:

Relatos:

    Cuaderno asintomático (2007)

    Al norte de abril (2016)

    Manieristas (2021)

    Tranquilo en las montañas de Rusia (2024)

 

Novelas:

    Escaleno (2014)

    Ocho (2021)

 

Premios:

    III Concurso de Relato Breve de la Biblioteca Municipal de El Tanque, Tenerife, en 2006 con A la sombra de un naranjo

    Premio de Relato Corto Isaac de Vega de CajaCanarias en 2008 con Delta







28 noviembre 2024

Presentación de El candil del sabio, de Héctor Roldán

Presentación de El candil del sabio en la librería Lemus de La Laguna el jueves 28 de noviembre de 2024, del que ya escribí una crítica que puedes leer aquí: Sobre El candil del sabio, de Héctor Roldán Delgado


«Buenas tardes a todos, y añado a los agradecimientos que acaba de mencionar Héctor el agradecimiento a él mismo por confiar en mí para la presentación de su libro… de su primer libro, porque ya nos contará después lo que se trae entre manos.

Estaba yo pensando en cómo enfocar esta presentación y se me ocurrió empezar por el tópico de definir el género de El candil del sabio, costumbre que quizá deberíamos ir abandonando, dada tan enriquecedora hibridez creativa de nuestros tiempos. Pues eso, y tomé la decisión de definirlo como de autoayuda.

Sí, El candil del sabio es un libro de autoayuda, como todos los libros que se han escrito desde que se inventó la escritura hace más de 5000 años. Todavía recuerdo lo que me autoayudé de chica con La isla del tesoro. Pues eso, lo que pasa es que hay que saber con qué lecturas se autoayuda uno. También con qué escrituras pretende uno que los demás se ayuden a sí mismos. 

Y esto es lo que pensó Héctor (creo yo, pero él nos lo tendrá que confirmar o no), y como tenía un amigo que pasaba por una época mala, incluso muy mala, en ese momento «tuvimos una conversación, por ejemplo, en un café en un parque público, a la sombra estival de un ficus gigante». Como buen hombre de ciencias (para los que no lo conozcan, Héctor es neurocirujano), se puso a investigar con fundamento, porque si vamos a hacer algo, lo vamos a hacer bien, y qué mejor que recurrir a los clásicos —de letras— que es la filosofía que nos ha tratado de iluminar el camino durante más de 2000 años, así que algo tendrá que decirnos. Con toda esta documentación, se lanzó a escribir las Doce lecciones de vida de la filosofía clásica para épocas de crisis, lecciones elaboradas con sus propias aportaciones».




07 octubre 2024

Carta a la amada, de Xavier P. DoCampo

Querida:

No creo que sea un disparate que te envíe una carta, porque todo lo que he escrito siempre ha sido una larga carta que te dirigía. Además, era una carta con trampa, pues siempre podía espiar tu cara mientras la leías. Nunca estabas lejos, siempre a una distancia tan corta que podía ver tus ojos y tocarte con mi mano.

Puedo escuchar tu palabra e inventar la palabra que deseas para entregártela como mi mejor regalo. Estoy convencido de que son las palabras lo que más nos une. Tú sabes que siempre he dicho que contar un cuento es el acto de amor más sublime que se puede ofrecer a un ser querido. Los amantes se cuentan cuentos para que el amor habite entre ellos y nunca los abandone. Es el conjuro más poderoso para ahuyentar cualquier hechizo que se pueda preparar para destruir el amor. ¿Contaba cuentos Sherezade cada noche para conjurar la muerte? No..., lo hacía para seducir al rey Sahriyar en las redes de la palabra. Preparó aquella rueda sinfín de cuentos para que el amor fuese brotando en su corazón. Para ella la muerte era el desamor de aquel hombre que, poco a poco, iba siendo presa de la palabra; y por ella, por la palabra, se le metió dentro aquella mujer que parecía la dueña de todas las palabras.

Pues ya ves... Tú y yo, igual. Las palabras fueron nuestro cobijo más suave y amable. En él nos sentíamos tan a gusto que no queríamos salir. Cuántas palabras le robé a la literatura para llevártelas a ti como quien lleva una valiosa ofrenda al altar. Cuántos poetas me prestaron las palabras que más me emocionaban para emocionarte. Eso es la literatura: una emoción compartida. Qué hermoso juego de complicidades fue la mano que nos tendíamos el uno al otro llevando en ella el libro que contenía las palabras que nos queríamos decir. Los libros fueron el lugar de encuentro al que íbamos buscándonos, hasta el punto de amarlos como objetos preciosos. Verte tocar un libro, mirar cómo pasabas tu mano por la portada muy lentamente, con suavidad, era como ver tu mano cuando me acaricias. Pensaba: «Así caminan tus manos sobre mi piel». Después lo tocaba y era como leer tu caricia.

Y, entonces, quise ser escritor para entregarte mis palabras, aquellas que inventaba sólo para ti. Y en todos estos años conseguí escribir unas pocas líneas que te vi leer con emoción, la misma emoción que me oprimía el alma y que me cerraba la garganta al escribirlas. Una nueva emoción compartida... ¡Otra vez la literatura!... La magia de las palabras...

Y aquí estamos... Seguimos en el camino, recogiendo palabras hermosas. Dentro de poco nuestras manos, esas que acarician las portadas de los libros, las mismas que se tocan y se buscan mientras leemos un poema en voz alta; esas, con las que nos ofrecemos las palabras encerradas en un libro, comenzarán a mostrar las manchas que nos avisan que el tiempo se agota. Seguiremos buscando palabras nuevas y estoy seguro de que, en ese momento, seremos más generosos que nunca al compartirlas. Y seguiré deseando tocarte..., y llegar a tu lado..., y besarte los pies, porque, dicho también ahora con palabras prestadas: «Bajo tus pies está el Paraíso».

Te quiero.

Ilustración: Raquel Marín

26 septiembre 2024

¿De ciencias o de letras?

   

Texto publicado en la Cátedra Cultural Pedro García Cabrera de la ULL el 26 de septiembre de 2024.

Hay que decidirse: se es de ciencias o de letras. Y a partir de ahí, hay que identificarse con uno de los dos mundos: el científico o el humanista, no caben medias tintas, que ya se sabe que el que mucho abarca…

            Sin embargo, esto es un criterio moderno, los clásicos eran de ciencias y de letras sin distinción. No hay más que acudir al hombre del Renacimiento (y digo bien, el hombre, porque la mujer no contaba ni para las ciencias ni para las letras) para encontrar referentes de este saber universal. El argumento para defender estos saberes exclusivos está muy consolidado: en la antigüedad, los límites del conocimiento permitían que una persona pudiera adquirir competencias en múltiples disciplinas a lo largo de su vida; en cambio, con el desarrollo del saber a partir de la Ilustración, el conocimiento se hace inabarcable para los límites de una vida humana, así que hay que decidir un camino al que dedicar los esfuerzos intelectuales. Pero no solo hay que decidirse por las ciencias o por las letras, dentro de cada una hay que especializarse. Letras: Historia o Literatura...; ciencias: Biología, Medicina o Ciencias Sociales… Pero hay más, luego hay que subespecializarse (¿o es superespecializarse?). Letras: Literatura hispanoamericana, la obra de García Márquez…; ciencias: Medicina, Cardiología, Cardiología pediátrica, valvulopatías… Pero luego llega un médico, Juan Valentín Fernández de la Gala, y escribe Los médicos de Macondo, la medicina en la obra literaria de Gabriel García Márquez y nos rompe todos los esquemas. O viene el psiquiatra Luis Martín Santos y escribe Tiempos de silencio y no sabemos si fue psiquiatra o novelista. O a Héctor Roldán, jefe de servicio de Neurocirugía del Hospital Universitario de Canarias, se le ocurre escribir El candil del sabio para actualizar las enseñanzas de los clásicos a nuestros tiempos, tan revueltos por falta de referencias. Y entonces, quizá haya que ponerse a pensar...

            Puede que deba actualizarse esta segregación tan cartesiana entre ciencias y letras, porque no podemos olvidar que todo el conocimiento se trasmite a través de estas últimas: sin letras, sin escritura, las palabras se las lleva el viento. Las letras inauguraron la Historia humana hace más de cinco mil años, no las diluyamos entre códigos binarios de ceros y unos.

            Tradicionalmente, a los de ciencias, como mucho, se les permite una dedicación diletante a las letras. Para los de letras, el acceso al conocimiento científico solo se les consiente por la vía de la divulgación, considerada una especie de pariente pobre de la verdadera ciencia dura. Con este criterio, tendríamos que considerar la obra literaria de Chéjov —que dijo: «La Medicina es mi esposa legal; la Literatura, solo mi amante», aunque al final se decidió por su amante— como un simple pasatiempo, así como la obra divulgadora de Oliver Sacks o del dúo Arsuaga-Millás, puro entretenimiento.

            Para tratar de evitar este reduccionismo empobrecedor, algunos autores han subrayado la importancia de juntar ciencias y letras, o si se quiere ser más riguroso, investigación científica e investigación humanística, como resistencia a la dictadura de lo útil y lo inmediato que contribuya al desarrollo de la humanidad. En este sentido, el pensador italiano recientemente fallecido Nuccio Ordine elaboró su manifiesto La utilidad de lo inútil[1] como oposición radical a imposiciones utilitaristas sin alma.

 

El oxímoron evocado por el título La utilidad de lo inútil merece una aclaración. La paradójica utilidad a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista.

 

            Con todo, parece que este debate viene de viejo, y ya el polifacético médico catalán José de Letamendi postulaba en el siglo XIX que «el médico que solo sabe Medicina, ni Medicina sabe», lo que podría extenderse al resto de saberes, tanto de ciencias como de letras.

            En el caso particular de los médicos, contamos con una larga tradición humanista que nos ha acercado a las letras. Letras con las que componemos las palabras que elaboran las historias clínicas de los pacientes: la anamnesis, desde la que podemos avanzar a la exploración física y las pruebas complementarias, en ese orden, que es el que nos enseñan en las facultades de Medicina. Sin palabras, sin anamnesis, no sabemos cómo ni por dónde empezar a explorar. El orden clásico de clínica (anamnesis), diagnóstico (exploración y pruebas) y tratamiento no debe alterarse. Sin palabras, no puede iniciarse el acto médico. Tampoco terminarse, en ningún caso. Sin palabras, estaríamos hablando de otra cosa.

El doctor argentino Carlos Alberto Yelin analiza este recorrido en su libro El maridaje de la medicina y la literatura[2], en el que confiesa que le sorprendió su extensión cuando empezó a estudiarlo con detenimiento. Oliver Sacks, Irving Yalon, Arthur Conan Doyle, Antón Chéjov, Majaíl Bulgákov, Pío Baroja, Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Pedro Laín Entralgo, Robin Cook o Michael Crichton son solo una pequeña muestra recogida en el libro de médicos escritores, o de escritores médicos, o de médicos que escriben o escribieron, siguiendo la distinción de Fernando Navarro[3] en función de si fueron las ciencias o las letras las que les dieron de comer.

Para Salvador Pániker, ingeniero, filósofo y escritor español fallecido en 2017, la cuestión no tiene matices:

 

Yo no acepto la distinción entre ciencia y arte; van por caminos distintos, pero intuyen algo parecido. Hay tres cosas que me parecen fundamentales: la curiosidad intelectual que te mantenga vivo el espíritu crítico; la fe o lo que defino como una confianza en la realidad que no te es hostil y, sobre todo, que te enseñen a aprender a aprender[4].

            

Idéntico recorrido al del Yelin realiza Rafael Ramírez Camacho en el artículo que titula Escritores médicos, médicos escritores y médicos que escriben[5] tomando como referencia a Fernando Navarro, que añade una referencia a la creatividad:

 

En la gran mayoría, los seres humanos son dados a repetir actitudes y aptitudes recibidas por educación, por herencia o por cultura, lo que los lleva a cumplir con las previsiones sociales que se esperan. […] Ocasionalmente, alguien se aparta del grupo. Con motivo de estímulos exteriores o de un irresistible desasosiego interior, personas que pertenecen a la masa (en el sentido de Ortega) se distinguen de ella para rebuscar en su interior una faceta singular que ofrecer a los demás.

 

            También en Canarias la Medicina y la Literatura se han enlazado en autores como Tomás Morales, Diego Guigou y Costa, Luis Doreste Silva o Carlos Pinto Grote, por comentar solo una referencia.

            Entonces, la respuesta a la pregunta del título no admite más que una opción: las dos son correctas, y debemos trabajar entre todos para que cada día lo sean más, siguiendo el lema de la Cátedra Pedro García Cabrera: «Arte y ciencia nacen, desde un punto de vista objetivo, desde el mismo lugar y sueñan con llegar al mismo sitio».

Un apunte final: es posible que la inteligencia artificial consiga realizar anamnesis, solicitar exploraciones complementarias (no necesitará de la imprecisa exploración física) y prescribir tratamientos, pero nunca podrá completar un acto médico porque se trata de una interacción exclusivamente humana.

            Las máquinas son todas de ciencias, porque como dice Arsuaga de la mano de Millás en el último libro de su trilogía La conciencia contada por un sapiens a un neandertal, ciencia es todo lo que se puede matematizar, expresar en términos numéricos, y de eso la inteligencia artificial sí que sabe, pero se queda en blanco cuando desaparecen los ceros y los unos.

            Y para terminar, un poema de Pedro García Cabrera en Las islas en que vivo, dedicado a Pedro Lezcano (1966), como propuesta a sumergirse sin prejuicios en el mar de la creación:

 

No es necesario que a la mar tú vengas

con la caña de pesca y el atuendo

de cualquier pescador. Con que te acerques

desnudo de palabras y de moldes,

te sientes a su lado y te sumerjas

olvidado de ti, de tus esquemas

de ver la vida y de idear el mundo,

con que dejes tu tiempo a las espaldas

y te hagas a su ritmo y sus rumores,

la mar queda engodada para darte

frutos de creación, nuevos remansos

que, siendo tuyos, los desconocías.

Muerto estarás si no te dice nada

su interior vecindad, si no procrea

en ti su paraíso sumergido

peces de nadadoras libertades.

Muerto, muerto del todo,

aunque prosiga

viviendo en el cadáver de tu cuerpo

la dádiva de sangre del camino.

 



[1] Ordine, N. (2013). La utilidad de lo inútil. Editorial Acantilado. Barcelona.

[2] Yelin, C. A. (2023). El maridaje de la medicina y la literatura. Editorial HomoSapiens. Rosario, Argentina.

[3] Navarro, F. A. (2004). Médicos escritores y escritores médicos. Ars Medica. Revista de Humanidades, 1, 31-44.

[4] Néspolo, M. (2013, 15 de noviembre). Salvador Pániker: «En el arte de vivir uno tiene que ser el maestro de sí mismo». El Español. El Cultural. https://www.elespanol.com/el-cultural/20131115/salvador-paniker-arte-vivir-maestro-mismo/10499306_0.html

[5] Ramírez, R. (2017). Escritores médicos, médicos escritores y médicos que escriben. Seminario Médico, 62(1), 65-84.

19 septiembre 2024

Amor más allá del infierno

Tres años
Fotografía: Carlos Jiménez desde el puerto de Tazacorte

La fajana negra pura había cubierto la otra, la del cuarenta y ocho, pero esta mantenía las grietas en rojo líquido, calientes como las mismas entrañas de la Tierra: esas que de vez en cuando se le quedan estrechas a los infiernos y brotan. La Tierra viva que se crea a sí misma; el Infierno que se deshace en vapores fatuos con el salitre.

María esta vez la miraba sola.

Antonio la llevó a ese mismo lugar hacía mucho para mostrarle sus ilusiones de recién casado: «Con este terreno le daremos estudios a nuestros hijos». Tan ilusionado la miraba que ella se propuso creer que encima de aquel malpaís negro iban a crecer las plataneras. A creerlo con tanto amor como poca fe.

Pero las plataneras crecieron, vaya si crecieron, y sus hijos con ellas: bien comidos, bien vestidos y bien estudiados. Ellos ya no viven en su isla-lava, pero María no sabe vivir en otro lugar.

En realidad, no sabe vivir sin Antonio, porque ahora se ha quedado de verdad sin él, definitivamente: el volcán ha terminado de arrebatárselo en su diabólica crueldad.

Y María ha ido a pedirle cuentas: a que le cuente si la fertilidad de los terrenos que regala hay que pagarla en este mundo y en el otro. A que le dé cuenta del lugar donde ella va a poner ahora las rosas amarillas que mima en su patio, esas que plantó Antonio porque el amarillo es el mismo color del sol.

El volcán da y quita, es la ley arbitraria del Infierno.

Antonio murió hace unos años, y el volcán lo terminó de enterrar. En el patio del cementerio la altura de la lava sobresale a los muros: «Ahora sí que están enterrados para siempre». Las últimas flores las tiraron desde un helicóptero del ejército el Día de Finados, como una rescatada alegoría de paz y amor, pero el Maligno no estaba ese día para pactos simbólicos y seguía con su rugir incandescente, incapaz de entender el lenguaje de las almas.

La verdad es que los ojos de María ya estaban grises desde antes del volcán, como se mide allí el tiempo a partir de entonces: antes y después, pero ahora se le han quedado opacos sin horizonte al que mirar.

Lo que no consiguió sepultar el vómito caliente fue el terreno que ilusionaba tanto a Antonio, de joven y de viejo: la colada de lava se detuvo a pocos metros. Quizá Antonio se sacrificó una última vez para proteger sus plataneras, o quizá el Infierno se disuelve cuando se encuentra con los amores grandes.

María contemplaba la nueva fajana, su terreno intacto, los de sus vecinos destruidos, el sol brillando sobre el mar quieto, el silencio… Y tuvo claro dónde iba a depositar a partir de ahora sus rosas amarillas: en el lugar que habita el alma de su marido, lo tenía justo enfrente.

Perdonó a la Tierra por haber reconducido la fuerza de los infiernos.

Imágenes obtenidas de Internet
Cementerio Ntra. Sra. de Los Ángeles, Las Manchas

15 septiembre 2024

Barcos voladores

Fotografía: Eduardo Castro


Pedro vivía volando. Sí, volando, como el guincho, o como las pardelas cuando era el tiempo. Volaba desde que empezó a fantasear con descubrir otros mundos, más allá del suyo, chico ya desde chico, cortado por los acantilados que empiezan donde termina la playa. Lo había visto en la escuela, en el mapa que estaba detrás de la maestra. Le contaron que allí había otras cosas que no entendió, y la maestra no supo explicarle lo que ella tampoco sabía.

Pero Pedro quería saber.

Desde la playa se veía a los barcos entrar y salir del puerto con una cadencia que hacía inútiles los relojes en el pueblo: ya nadie se acordaba de si las cinco y cuarto permanentes del reloj de la iglesia eran de la mañana o de la tarde. Pero donde a Pedro le gustaba contemplarlos navegar era desde el acantilado, porque desde allí le parecía que volaban a través del reflejo de las nubes. Entendió que el mar tiene el color del cielo, que es su representación sobre la Tierra. Eso no se lo dijo la maestra, pero él sabía que era así.

Y Pedro quiso saber más sobre los colores celestes.

Rojo, naranja, violeta… Cuando Pedro se despertó de la siesta sobre el acantilado estaba atardeciendo, pero los colores del horizonte no eran los de otras tardes: eran más definidos, como si a alguien que estuviera ideando pintar el cielo se le hubiera derramado toda la paleta. Se quedó embelesado percibiendo el aire, que estaba quieto, como pendiente de lo que se dibujara a ver si tenía que soplar o no.

Los colores también estaban quietos, situados más allá del alcance de la brisa marina, en un lugar que Pedro no había visto en el mapa de la maestra. El sol se había ocultado, pero todavía quedaban restos de sus últimos rayos, esa tarde más difusos que otras por el contraste.

Entonces, el sol apareció de nuevo, pero brotando del fondo del mar. Tan silencioso como en su recorrido de cada día, pero mucho más veloz. Enseguida se colocó sobre el acantilado, no lejos de donde estaba Pedro, extrañado de no quemarse.

Un chico en todo idéntico a él, y que dijo llamarse Pedro, se le aproximó. No sintió miedo, era como si conociera a ese chico, como si fuera él mismo en otra dimensión: no había nada que temer.

El Pedro recién llegado dijo en la lengua del otro Pedro:

—¿Quieres volar conmigo?

Al otro Pedro no le extrañó que le leyera el pensamiento, eran el mismo pensamiento.

—Claro —contestó como si estuviera esperando la invitación.

—Pues vamos.

En el pueblo no se habló de otra cosa más que de aquel atardecer durante algunos días, pero luego todos se fueron olvidando. Algunos pudieron divisar al sol posándose sobre el acantilado, pero luego tampoco lo recordaron más. Menos Pedro, que sí lo recordaba todo, y ya no tuvo que preguntarle más a la maestra por los confines del mapa, porque él había descubierto los confines del universo.

Desde entonces, cuando volvía del acantilado a su casa cada tarde, pajaritos de papel con mensajes estelares proyectaban sus formas sobre la fachada, haciendo por navegar sobre la corriente que su madre formaba al regar las matas. El otro Pedro sabía de tantas cosas… 

Texto inspirado en el avistamiento OVNI en Canarias el 5 de marzo de 1979
Fotografía extraída de Internet

Vara de Esculapio y estrella de la vida

José Manuel Brea en Medicina y melodía, 

5 de septiembre de 2024

Vara de Esculapio

Caduceo de Hermes
La vara o bastón de Esculapio es un tronco, de cabeza nudosa, donde se enrosca una serpiente que exterioriza la cabeza, quedando separada y erguida. Es el símbolo de la Medicina: la vara representa el poder y la serpiente, la sabiduría.

No debe confundirse con el caduceo, símbolo del comercio: dos serpientes enrolladas (sabiduría) y enfrentadas entre sí a lo largo de una vara (poder) con dos alas en la parte superior o un yelmo alado (yelmo de Hermes o Mercurio), que representan los elevados pensamientos. 

La vara de Esculapio se representa a veces en medio de la estrella de la vida, estrella de seis puntas de color azul que representan cada una de las seis acciones a llevar a cabo en una emergencia médica: 1. Llamada al teléfono de emergencias, 2. Alerta o aviso al servicio de emergencias, 3. Desplazamiento del personal necesario, 4. Prestación de primeros auxilios in situ, 5. Cuidados en la ambulancia durante el traslado al hospital, y 6. Cuidados definitivos en el hospital.


La estrella de la vida

25 agosto 2024

Sobre El candil del sabio, de Héctor Roldán Delgado



Quién no ha tenido un amigo que ha pasado por una época mala, incluso muy mala… y en ese momento «tuvimos una conversación, por ejemplo, en un café en un parque público, a la sombra estival de un ficus gigante». 

Pues justo eso es lo que le ocurrió al narrador de El candil del sabio y decidió escribir las Doce lecciones de vida de la filosofía clásica para épocas de crisis que recoge Héctor Roldán en su libro.

I.               No te preocupes por lo que no puedes controlar

II.             Entiende que todo puede cambiar en cualquier momento

III.           Acepta que es difícil llegar a la verdad absoluta

IV.          Prepárate para la muerte

V.            Cultiva tu fortaleza interior

VI.          No aceptes el sufrimiento. Lucha contra él

VII.        Cuestiónalo todo

VIII.      Sé autosuficiente como un cínico

IX.          Aprende a contener tu ira

X.            Aprende a luchar contra la tristeza

XI.          Medita como un romano

XII.        Envejece como un romano

En una época en la que vivimos con la imposición de ser felices, reflexionar sobre lo que nos angustia se convierte en toda una disidencia. Para qué pensar en lo que podemos taponar con tranquilizantes o con entretenimiento a granel. Para qué darles tantas vueltas a las cosas si podemos ignorarlas entre pantallas y clics.  

Recurrir a una autoayuda elaborada a través de los clásicos es directamente una rebelión. Yo diría que hasta intolerable, porque podría ser que ahora más de uno recurriera a frases como estas de Epicteto:

De lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros. De nosotros depende el juicio, el impulso, el deseo, el rechazo y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y no dependen de nosotros el cuerpo, la hacienda, la reputación, los cargos y, en una palabra, cuanto no es asunto nuestro.

Y le diera por cuestionarse el estado de las cosas, por apartarse de los cauces del pensamiento lineal prediseñado con medidas estándar, o que incluso tuviera el atrevimiento de diseñarse un pensamiento a medida para sí mismo. Podría ocurrir que le diera por dejar de preocuparse por lo que no puede controlar, entender que todo puede cambiar en cualquier momento, prepararse para la muerte, cultivar su fortaleza interior, cuestionarse todo, ser autosuficiente, aprender a controlar la ira o luchar contra la tristeza y entonces, ¿a dónde íbamos a parar?

Ocurriría que viviríamos el presente con más intensidad, disfrutando de las pequeñas cosas y amando a los que nos importan. Pero claro, esto nos llevaría mantener el espíritu crítico para sentirnos satisfechos por ver de cuántas cosas no tenemos necesidad y apreciar que la libertad «reside en tener pocas cosas, en no complicarse la existencia, en llevar una vida muy simple y disfrutar de las cosas sencillas». Y una cosa llevaría a la otra y así, acabaríamos manteniendo la privacidad de cada uno, sin necesidad de exponerse sin pudor en las redes, además de que esta actitud llevaría aparejada una lucha contra el consumismo y sus esclavitudes, incluida la esclavitud por una relación alienada con el trabajo.

Y ya el colmo sería que aprendiera a envejecer, porque «el problema es que las personas maduras experimentan un doble vínculo con la vejez: aborrecen tener una muerte prematura, pero tampoco están preparados para entrar en una etapa vital que parece la antesala de la muerte». Ya desde tiempos de Cicerón se conocía que «la mente se mantiene en forma mientras no se pierden las ganas de estudiar y aprender». Así que «resistirse y lamentarse de la vejez es sin duda, una pérdida de tiempo que nos impide aprovechar lo que cada momento de la vida puede ofrecer», con lo que «mantener las ganas de hacer cosas es lo que hace que la vejez sea digna de ser vivida».

Con todo esto, quizá nuestro amigo aprovecharía su época mala para crecer y nos obligaría a crecer a los que estamos a su alrededor, porque todo se pega. Sí, la sabiduría también, o la motivación para acercarnos a ella. Y si el crecimiento empieza a ser cosa de muchos, pues aumentaría la masa crítica y entonces, nos pondríamos a reinventar el mundo entre todos y entonces… No sé, da vértigo, pero léanlo y lo vamos viendo.

21 junio 2024

Revista literaria Aguaviva: Verano

Puedes leer el número completo aquí:

Viaje de ida

Filiberto y Antonio nacieron el mismo día. Sus madres los paseaban panzudas por el pueblo, cogidas del brazo. Las otras, envidiosas entre medias de sus propias panzas, les criticaban tanta amistad.— Pa mí que se preñaron la misma noche.

— Y vete a saber de quién es quién.

— Sí, vete tú a saber, entre tanto rebujón…

Pero ellas seguían a lo suyo, que era bordar los ajuares para otras menos mañosas. Los de ellas se los fueron haciendo desde chicas, que en sus tiempos no se llevaba hacer otra cosa. Filiberto y Antonio crecieron entre los hilos de las conversaciones tejidas por las tardes alrededor del café.

— Voy a hacer una jicarita de café.

— Pues sí, y trae los rosquetes que le compré a Maruca, que están fresquitos.

Y Filiberto y Antonio andaban vestidos por el pueblo, porque sus madres les cosían la ropa a conciencia, y calzados, porque sus madres les compraban los zapatos con los ajuares vendidos, mientras los demás andaban descalzos y mal ajeitados. Las otras madres también opinaban de los chicos: sin nada que vender, regalaban sus quejas.

— Fíjate tú, si los visten como de Primera Comunión para ir a embarrarse en el fango.

— Yo, ¡ni por cuánto visto así a mi Pedrito! Ni los domingos.

Las madres y los hijos siguieron a lo suyo.

Filiberto y Antonio no sabían lo que eran: no eran hermanos ni primos, pero tampoco amigos como los demás… Eran los hijos hasta que fueron los padres. Crecieron juntos en el mismo pueblo, con los hijos de las otras, hasta que ya nadie se acordaba de cómo lo habían vestido o calzado de chico, ocupado cada uno en vestirse de grande y en calzar a sus hijos chicos. Cada uno a lo suyo.

Filiberto tenía mano con las tijeras y la navaja, algo heredaría de la maña de su madre, y la utilizó en su barbería, la única que hubo en el pueblo durante toda su vida. Antonio era más de conversar, entrenado en las tardes de costura, así que puso la venta para seguir conversando.

En la barbería de Filiberto también se conversaba: la cháchara empezaba en la venta y continuaba en la barbería o al revés. Y también se la llevaban al bar, pero Filiberto y Antonio no eran de bebidas blancas, con lo que esas se las perdían. Ellos eran más de la casa, y poco contentas que tenían a sus señoras, encantadas de lo cumplidores de sus maridos con sus deberes matrimoniales: la envidia de otras, mal cuidadas.

Y entre vete y dile, dimes y dijeron se les fue gastando la vida, sin prisas, sin tardanzas. La vida toda recorrida sin moverse del pueblo, sin separarse de ellos mismos: para qué, si allí lo tenían todo, ninguna necesidad. Su viaje empezaba y terminaba allí mismo.

Filiberto pelaba, afeitaba…

Antonio vendía, fiaba…

Los hijos se fueron a estudiar a la ciudad, porque lo que sí tenía el pueblo es que había que estudiar por todo lo que no habían estudiado los de antes, así que allá se fueron todos ellos; y de allá volvían, también todos juntos, con las calificaciones impolutas, que estaban mal vistas las manchas: «¡Con lo que se sacrifica tu padre…!».

Y los hijos se quedaron a trabajar en la ciudad, incluso se mudaron a otras ciudades más lejanas, hasta algunas en las que hablaban raro. Y volvían en verano, también con las calificaciones para mostrar en el pueblo: familia de fuera, coche importado, hijos bilingües. Sus viajes siempre eran de ida y vuelta.

Y los padres los recibían a todos igual que cuando volvían de la universidad: con ilusión, con esperanza.

Los padres cada vez más viejos.

Los hijos cada vez más lejos.

Los hijos de Filiberto y Antonio se habían casado bien: las conocieron en la universidad y desde allí empezaron a crear sus éxitos. Los éxitos de ahora, que no son como los de antes. Los de ahora no son como los de Filiberto y Antonio, que disfrutaban de comer en casa todos los días, de que no se acabara la tarde sin haber sabido el uno del otro, como cuando chicos, de la misa de los domingos vestidos de guapos, de si alguno había estado con mocos o dolor de barriga, de sus cosas… Los de ahora son de otro tipo, y ellos no entienden que sus hijos disfruten llegando tarde a casa, viéndose de verdad solo los domingos, ya sin misas, porque los otros días están ocupados creando más éxitos para llegar más tarde a casa para verse solo los domingos… Los hijos bilingües crecen sin aprender la lengua de la madre, aunque hablen el mismo idioma, ocupados también en contribuir a los éxitos familiares desde que se les despierta el pensamiento: «Qué listo Pablito, me ha aprobado todo. Con cuatro años ya apunta maneras, este va para abogado». 

No, en el pueblo los éxitos eran otros. Éxito por que los hijos triunfaran, sí, pero sobre todo por que les vinieran a contar sus triunfos, por que les vinieran a preguntar por sus miedos, por que les vinieran a cobijar como niños, a consolarles el alma de vuelta, como hicieron con ellos. A devolverles los abrazos.

Pero no, no hay tiempo, y Filiberto y Antonio se consuelan con las migajas de tiempo que desenlatan sus hijos del envase conseguido con tanto éxito. Tiempo de desecho para acallar la conciencia por querer olvidarse de ellos: tan de pueblo, tan lentos, tan antiguos. Vidas paralelas cada vez más separadas. Viajeros sin tiempo.

Filiberto ha estado enfermo, el médico le ha dicho que guarde reposo, así que ha tenido que cerrar la barbería. Antonio y su mujer lo acompañan para que la mujer de Filiberto pueda descansar.

— Llamo a tus hijos. Yo creo que deberían venir.

— Déjalos, Antonio, que sabes que están muy apurados.

— Pero lo mismo se acercan unos días.

— Que no, que ya bastante tienen con sus cosas.

Y los hijos de Filiberto no se pudieron despedir, ni tampoco Filiberto de ellos: no hubo tiempo.

Filiberto y Antonio no murieron el mismo día, pero para Antonio fue como si empezara a morirse cuando se despidió de su amigo. No sabía vivir sin él.

El viaje de la vida es solo de ida.