26 septiembre 2024

¿De ciencias o de letras?

   

Texto publicado en la Cátedra Cultural Pedro García Cabrera de la ULL el 26 de septiembre de 2024.

Hay que decidirse: se es de ciencias o de letras. Y a partir de ahí, hay que identificarse con uno de los dos mundos: el científico o el humanista, no caben medias tintas, que ya se sabe que el que mucho abarca…

            Sin embargo, esto es un criterio moderno, los clásicos eran de ciencias y de letras sin distinción. No hay más que acudir al hombre del Renacimiento (y digo bien, el hombre, porque la mujer no contaba ni para las ciencias ni para las letras) para encontrar referentes de este saber universal. El argumento para defender estos saberes exclusivos está muy consolidado: en la antigüedad, los límites del conocimiento permitían que una persona pudiera adquirir competencias en múltiples disciplinas a lo largo de su vida; en cambio, con el desarrollo del saber a partir de la Ilustración, el conocimiento se hace inabarcable para los límites de una vida humana, así que hay que decidir un camino al que dedicar los esfuerzos intelectuales. Pero no solo hay que decidirse por las ciencias o por las letras, dentro de cada una hay que especializarse. Letras: Historia o Literatura...; ciencias: Biología, Medicina o Ciencias Sociales… Pero hay más, luego hay que subespecializarse (¿o es superespecializarse?). Letras: Literatura hispanoamericana, la obra de García Márquez…; ciencias: Medicina, Cardiología, Cardiología pediátrica, valvulopatías… Pero luego llega un médico, Juan Valentín Fernández de la Gala, y escribe Los médicos de Macondo, la medicina en la obra literaria de Gabriel García Márquez y nos rompe todos los esquemas. O viene el psiquiatra Luis Martín Santos y escribe Tiempos de silencio y no sabemos si fue psiquiatra o novelista. O a Héctor Roldán, jefe de servicio de Neurocirugía del Hospital Universitario de Canarias, se le ocurre escribir El candil del sabio para actualizar las enseñanzas de los clásicos a nuestros tiempos, tan revueltos por falta de referencias. Y entonces, quizá haya que ponerse a pensar...

            Puede que deba actualizarse esta segregación tan cartesiana entre ciencias y letras, porque no podemos olvidar que todo el conocimiento se trasmite a través de estas últimas: sin letras, sin escritura, las palabras se las lleva el viento. Las letras inauguraron la Historia humana hace más de cinco mil años, no las diluyamos entre códigos binarios de ceros y unos.

            Tradicionalmente, a los de ciencias, como mucho, se les permite una dedicación diletante a las letras. Para los de letras, el acceso al conocimiento científico solo se les consiente por la vía de la divulgación, considerada una especie de pariente pobre de la verdadera ciencia dura. Con este criterio, tendríamos que considerar la obra literaria de Chéjov —que dijo: «La Medicina es mi esposa legal; la Literatura, solo mi amante», aunque al final se decidió por su amante— como un simple pasatiempo, así como la obra divulgadora de Oliver Sacks o del dúo Arsuaga-Millás, puro entretenimiento.

            Para tratar de evitar este reduccionismo empobrecedor, algunos autores han subrayado la importancia de juntar ciencias y letras, o si se quiere ser más riguroso, investigación científica e investigación humanística, como resistencia a la dictadura de lo útil y lo inmediato que contribuya al desarrollo de la humanidad. En este sentido, el pensador italiano recientemente fallecido Nuccio Ordine elaboró su manifiesto La utilidad de lo inútil[1] como oposición radical a imposiciones utilitaristas sin alma.

 

El oxímoron evocado por el título La utilidad de lo inútil merece una aclaración. La paradójica utilidad a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista.

 

            Con todo, parece que este debate viene de viejo, y ya el polifacético médico catalán José de Letamendi postulaba en el siglo XIX que «el médico que solo sabe Medicina, ni Medicina sabe», lo que podría extenderse al resto de saberes, tanto de ciencias como de letras.

            En el caso particular de los médicos, contamos con una larga tradición humanista que nos ha acercado a las letras. Letras con las que componemos las palabras que elaboran las historias clínicas de los pacientes: la anamnesis, desde la que podemos avanzar a la exploración física y las pruebas complementarias, en ese orden, que es el que nos enseñan en las facultades de Medicina. Sin palabras, sin anamnesis, no sabemos cómo ni por dónde empezar a explorar. El orden clásico de clínica (anamnesis), diagnóstico (exploración y pruebas) y tratamiento no debe alterarse. Sin palabras, no puede iniciarse el acto médico. Tampoco terminarse, en ningún caso. Sin palabras, estaríamos hablando de otra cosa.

El doctor argentino Carlos Alberto Yelin analiza este recorrido en su libro El maridaje de la medicina y la literatura[2], en el que confiesa que le sorprendió su extensión cuando empezó a estudiarlo con detenimiento. Oliver Sacks, Irving Yalon, Arthur Conan Doyle, Antón Chéjov, Majaíl Bulgákov, Pío Baroja, Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Pedro Laín Entralgo, Robin Cook o Michael Crichton son solo una pequeña muestra recogida en el libro de médicos escritores, o de escritores médicos, o de médicos que escriben o escribieron, siguiendo la distinción de Fernando Navarro[3] en función de si fueron las ciencias o las letras las que les dieron de comer.

Para Salvador Pániker, ingeniero, filósofo y escritor español fallecido en 2017, la cuestión no tiene matices:

 

Yo no acepto la distinción entre ciencia y arte; van por caminos distintos, pero intuyen algo parecido. Hay tres cosas que me parecen fundamentales: la curiosidad intelectual que te mantenga vivo el espíritu crítico; la fe o lo que defino como una confianza en la realidad que no te es hostil y, sobre todo, que te enseñen a aprender a aprender[4].

            

Idéntico recorrido al del Yelin realiza Rafael Ramírez Camacho en el artículo que titula Escritores médicos, médicos escritores y médicos que escriben[5] tomando como referencia a Fernando Navarro, que añade una referencia a la creatividad:

 

En la gran mayoría, los seres humanos son dados a repetir actitudes y aptitudes recibidas por educación, por herencia o por cultura, lo que los lleva a cumplir con las previsiones sociales que se esperan. […] Ocasionalmente, alguien se aparta del grupo. Con motivo de estímulos exteriores o de un irresistible desasosiego interior, personas que pertenecen a la masa (en el sentido de Ortega) se distinguen de ella para rebuscar en su interior una faceta singular que ofrecer a los demás.

 

            También en Canarias la Medicina y la Literatura se han enlazado en autores como Tomás Morales, Diego Guigou y Costa, Luis Doreste Silva o Carlos Pinto Grote, por comentar solo una referencia.

            Entonces, la respuesta a la pregunta del título no admite más que una opción: las dos son correctas, y debemos trabajar entre todos para que cada día lo sean más, siguiendo el lema de la Cátedra Pedro García Cabrera: «Arte y ciencia nacen, desde un punto de vista objetivo, desde el mismo lugar y sueñan con llegar al mismo sitio».

Un apunte final: es posible que la inteligencia artificial consiga realizar anamnesis, solicitar exploraciones complementarias (no necesitará de la imprecisa exploración física) y prescribir tratamientos, pero nunca podrá completar un acto médico porque se trata de una interacción exclusivamente humana.

            Las máquinas son todas de ciencias, porque como dice Arsuaga de la mano de Millás en el último libro de su trilogía La conciencia contada por un sapiens a un neandertal, ciencia es todo lo que se puede matematizar, expresar en términos numéricos, y de eso la inteligencia artificial sí que sabe, pero se queda en blanco cuando desaparecen los ceros y los unos.

            Y para terminar, un poema de Pedro García Cabrera en Las islas en que vivo, dedicado a Pedro Lezcano (1966), como propuesta a sumergirse sin prejuicios en el mar de la creación:

 

No es necesario que a la mar tú vengas

con la caña de pesca y el atuendo

de cualquier pescador. Con que te acerques

desnudo de palabras y de moldes,

te sientes a su lado y te sumerjas

olvidado de ti, de tus esquemas

de ver la vida y de idear el mundo,

con que dejes tu tiempo a las espaldas

y te hagas a su ritmo y sus rumores,

la mar queda engodada para darte

frutos de creación, nuevos remansos

que, siendo tuyos, los desconocías.

Muerto estarás si no te dice nada

su interior vecindad, si no procrea

en ti su paraíso sumergido

peces de nadadoras libertades.

Muerto, muerto del todo,

aunque prosiga

viviendo en el cadáver de tu cuerpo

la dádiva de sangre del camino.

 



[1] Ordine, N. (2013). La utilidad de lo inútil. Editorial Acantilado. Barcelona.

[2] Yelin, C. A. (2023). El maridaje de la medicina y la literatura. Editorial HomoSapiens. Rosario, Argentina.

[3] Navarro, F. A. (2004). Médicos escritores y escritores médicos. Ars Medica. Revista de Humanidades, 1, 31-44.

[4] Néspolo, M. (2013, 15 de noviembre). Salvador Pániker: «En el arte de vivir uno tiene que ser el maestro de sí mismo». El Español. El Cultural. https://www.elespanol.com/el-cultural/20131115/salvador-paniker-arte-vivir-maestro-mismo/10499306_0.html

[5] Ramírez, R. (2017). Escritores médicos, médicos escritores y médicos que escriben. Seminario Médico, 62(1), 65-84.

19 septiembre 2024

Amor más allá del infierno

Tres años
Fotografía: Carlos Jiménez desde el puerto de Tazacorte

La fajana negra pura había cubierto la otra, la del cuarenta y ocho, pero esta mantenía las grietas en rojo líquido, calientes como las mismas entrañas de la Tierra: esas que de vez en cuando se le quedan estrechas a los infiernos y brotan. La Tierra viva que se crea a sí misma; el Infierno que se deshace en vapores fatuos con el salitre.

María esta vez la miraba sola.

Antonio la llevó a ese mismo lugar hacía mucho para mostrarle sus ilusiones de recién casado: «Con este terreno le daremos estudios a nuestros hijos». Tan ilusionado la miraba que ella se propuso creer que encima de aquel malpaís negro iban a crecer las plataneras. A creerlo con tanto amor como poca fe.

Pero las plataneras crecieron, vaya si crecieron, y sus hijos con ellas: bien comidos, bien vestidos y bien estudiados. Ellos ya no viven en su isla-lava, pero María no sabe vivir en otro lugar.

En realidad, no sabe vivir sin Antonio, porque ahora se ha quedado de verdad sin él, definitivamente: el volcán ha terminado de arrebatárselo en su diabólica crueldad.

Y María ha ido a pedirle cuentas: a que le cuente si la fertilidad de los terrenos que regala hay que pagarla en este mundo y en el otro. A que le dé cuenta del lugar donde ella va a poner ahora las rosas amarillas que mima en su patio, esas que plantó Antonio porque el amarillo es el mismo color del sol.

El volcán da y quita, es la ley arbitraria del Infierno.

Antonio murió hace unos años, y el volcán lo terminó de enterrar. En el patio del cementerio la altura de la lava sobresale a los muros: «Ahora sí que están enterrados para siempre». Las últimas flores las tiraron desde un helicóptero del ejército el Día de Finados, como una rescatada alegoría de paz y amor, pero el Maligno no estaba ese día para pactos simbólicos y seguía con su rugir incandescente, incapaz de entender el lenguaje de las almas.

La verdad es que los ojos de María ya estaban grises desde antes del volcán, como se mide allí el tiempo a partir de entonces: antes y después, pero ahora se le han quedado opacos sin horizonte al que mirar.

Lo que no consiguió sepultar el vómito caliente fue el terreno que ilusionaba tanto a Antonio, de joven y de viejo: la colada de lava se detuvo a pocos metros. Quizá Antonio se sacrificó una última vez para proteger sus plataneras, o quizá el Infierno se disuelve cuando se encuentra con los amores grandes.

María contemplaba la nueva fajana, su terreno intacto, los de sus vecinos destruidos, el sol brillando sobre el mar quieto, el silencio… Y tuvo claro dónde iba a depositar a partir de ahora sus rosas amarillas: en el lugar que habita el alma de su marido, lo tenía justo enfrente.

Perdonó a la Tierra por haber reconducido la fuerza de los infiernos.

Imágenes obtenidas de Internet
Cementerio Ntra. Sra. de Los Ángeles, Las Manchas

15 septiembre 2024

Barcos voladores

Fotografía: Eduardo Castro


Pedro vivía volando. Sí, volando, como el guincho, o como las pardelas cuando era el tiempo. Volaba desde que empezó a fantasear con descubrir otros mundos, más allá del suyo, chico ya desde chico, cortado por los acantilados que empiezan donde termina la playa. Lo había visto en la escuela, en el mapa que estaba detrás de la maestra. Le contaron que allí había otras cosas que no entendió, y la maestra no supo explicarle lo que ella tampoco sabía.

Pero Pedro quería saber.

Desde la playa se veía a los barcos entrar y salir del puerto con una cadencia que hacía inútiles los relojes en el pueblo: ya nadie se acordaba de si las cinco y cuarto permanentes del reloj de la iglesia eran de la mañana o de la tarde. Pero donde a Pedro le gustaba contemplarlos navegar era desde el acantilado, porque desde allí le parecía que volaban a través del reflejo de las nubes. Entendió que el mar tiene el color del cielo, que es su representación sobre la Tierra. Eso no se lo dijo la maestra, pero él sabía que era así.

Y Pedro quiso saber más sobre los colores celestes.

Rojo, naranja, violeta… Cuando Pedro se despertó de la siesta sobre el acantilado estaba atardeciendo, pero los colores del horizonte no eran los de otras tardes: eran más definidos, como si a alguien que estuviera ideando pintar el cielo se le hubiera derramado toda la paleta. Se quedó embelesado percibiendo el aire, que estaba quieto, como pendiente de lo que se dibujara a ver si tenía que soplar o no.

Los colores también estaban quietos, situados más allá del alcance de la brisa marina, en un lugar que Pedro no había visto en el mapa de la maestra. El sol se había ocultado, pero todavía quedaban restos de sus últimos rayos, esa tarde más difusos que otras por el contraste.

Entonces, el sol apareció de nuevo, pero brotando del fondo del mar. Tan silencioso como en su recorrido de cada día, pero mucho más veloz. Enseguida se colocó sobre el acantilado, no lejos de donde estaba Pedro, extrañado de no quemarse.

Un chico en todo idéntico a él, y que dijo llamarse Pedro, se le aproximó. No sintió miedo, era como si conociera a ese chico, como si fuera él mismo en otra dimensión: no había nada que temer.

El Pedro recién llegado dijo en la lengua del otro Pedro:

—¿Quieres volar conmigo?

Al otro Pedro no le extrañó que le leyera el pensamiento, eran el mismo pensamiento.

—Claro —contestó como si estuviera esperando la invitación.

—Pues vamos.

En el pueblo no se habló de otra cosa más que de aquel atardecer durante algunos días, pero luego todos se fueron olvidando. Algunos pudieron divisar al sol posándose sobre el acantilado, pero luego tampoco lo recordaron más. Menos Pedro, que sí lo recordaba todo, y ya no tuvo que preguntarle más a la maestra por los confines del mapa, porque él había descubierto los confines del universo.

Desde entonces, cuando volvía del acantilado a su casa cada tarde, pajaritos de papel con mensajes estelares proyectaban sus formas sobre la fachada, haciendo por navegar sobre la corriente que su madre formaba al regar las matas. El otro Pedro sabía de tantas cosas… 

Texto inspirado en el avistamiento OVNI en Canarias el 5 de marzo de 1979
Fotografía extraída de Internet

Vara de Esculapio y estrella de la vida

José Manuel Brea en Medicina y melodía, 

5 de septiembre de 2024

Vara de Esculapio

Caduceo de Hermes
La vara o bastón de Esculapio es un tronco, de cabeza nudosa, donde se enrosca una serpiente que exterioriza la cabeza, quedando separada y erguida. Es el símbolo de la Medicina: la vara representa el poder y la serpiente, la sabiduría.

No debe confundirse con el caduceo, símbolo del comercio: dos serpientes enrolladas (sabiduría) y enfrentadas entre sí a lo largo de una vara (poder) con dos alas en la parte superior o un yelmo alado (yelmo de Hermes o Mercurio), que representan los elevados pensamientos. 

La vara de Esculapio se representa a veces en medio de la estrella de la vida, estrella de seis puntas de color azul que representan cada una de las seis acciones a llevar a cabo en una emergencia médica: 1. Llamada al teléfono de emergencias, 2. Alerta o aviso al servicio de emergencias, 3. Desplazamiento del personal necesario, 4. Prestación de primeros auxilios in situ, 5. Cuidados en la ambulancia durante el traslado al hospital, y 6. Cuidados definitivos en el hospital.


La estrella de la vida